lunes, 10 de septiembre de 2012

El 11 de septiembre fue un trabajo interno


Entrevista con Ralph Shoenman
x Naief Yehya


Ralph Shoenman es, sin duda, una de las personalidades más fascinantes y carismáticas en la izquierda estadounidense. El escritor, analista y secretario personal de Bertrand Russell entre 1961 y 1968, que ha dedicado su vida a la defensa de los derechos humanos, tanto al lado de Malcolm X como del fiscal Jim Garrison, o al denunciar las atrocidades cometidas por su gobierno en Vietnam, se ha tornado tras los eventos del 11 de septiembre pasado en una de las voces más poderosas de la disidencia de la versión oficial. Con devastadora elocuencia ha desnudado, y sigue haciéndolo, las inconsistencias y mentiras que saturan las explicaciones que el gobierno y los grandes medios han dado al respecto de los ataques. Lo siguiente es una entrevista que Shoenman me concedió.
I El 11 de setiembre fue un trabajo interno
-¿Qué pasó realmente el 11 de septiembre del 2001?
-Los eventos del 11 de septiembre reflejan una operación que fue anticipada y prevenida por agencias de inteligencia de distintas partes del mundo. La agencia de inteligencia rusa y Putin ya habían dado señales al gobierno estadunidense de los ataques planeados para esa fecha. Reportes similares fueron recibidos de otras agencias, como la hindú y la Mossad. Asimismo, hubo reportes en periódicos como el Allgemeine Zeitung en Frankfurt, entre otros. Parecería que todo mundo estaba al tanto de lo que ocurriría menos los servicios de inteligencia estadunidenses. De hecho, las circunstancias del 11 de septiembre reflejan claramente lo que se denomina un stand down (es decir que deliberadamente se bajó la guardia) de la fuerza aérea, porque los edificios fueron atacados en Nueva York una hora y quince minutos antes del ataque al Pentágono. Es un procedimiento estándar que cuando el espacio aéreo prohibido como el de Washington o el del World Trade Center es violado, o cuando los radiofaros de los aviones no responden, inmediatamente salen aviones a interceptar. Hay ensayos rutinarios diarios, desde hace décadas, en los que los F-16 son enviados a interceptar aviones en áreas prohibidas. Además, la gente acusada de secuestrar los aviones estaba en listas de sospechosos que debían ser vigilados del FBI y la FAA (Administración de Aviación Federal), pero las líneas aéreas no estaban informadas. Esta gente estaba viajando y comprando boletos con sus propios nombres sin ningún problema. Al analizarlo de cerca, tenemos que los acusados como Mohammed Atta y quince o más de los supuestamente involucrados en el secuestro, que estaban en Florida, fueron entrenados en bases de la fuerza aérea estadunidense como Maxwell, en Alabama, y Brooks, en Texas, así como en el Defense Language Institute de Monterey, California. Y también, Atta y su equipo se hospedaron en la residencia de una persona involucrada con la CIA en el asunto Irán-contra.
Otra cosa: la pequeña ciudad de Venecia, en el sur de Florida, era la base de operaciones de Jackson Stevens, de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional), quien tiene una larga historia de operaciones secretas y lavado de dinero con el BCCI. La operación del 11 de septiembre tuvo por objetivo asegurar el control de billones de dólares en gas natural y petróleo en las repúblicas del Asia Central.
Desde hace muchos años las compañías petroleras, las agencias de inteligencia, el Instituto de Energía de América, la Fundación Afganistán, el Concejo de Relaciones Extranjeras y el Congreso han recibido documentación de los planes de Estados Unidos para apoderarse de los recursos de las ex repúblicas centroasiáticas de la extinta Unión Soviética. La guerra en contra del pueblo afgano fue preparada, según la agencia de inteligencia india y reportes de la BBC, desde junio del año pasado. Y sabemos que el aparato terrorista de Al Qaeda fue creado por la CIA. Bin Laden y Gulbudin Hekmatyar recibieron seis mil millones de dólares de la CIA para establecer una organización que era armada, controlada y operada por el ISI (Servicio de Inteligencia Pakistaní), que también se encargó de llevar al talibán al poder, con el dinero y la bendición de la CIA. El objeto era facilitar la creación de un oleoducto a través de Afganistán, que llevara el petróleo y el gas de las repúblicas de Asia Central.
Debemos recordar que en 1993 tuvo lugar el primer atentado del WTC, organizado por un oficial de alto rango de la inteligencia egipcia e informante del FBI, quien propuso la operación, reclutó a los participantes y grabó en secreto todas las reuniones de preparación. Las transcripciones fueron depositadas en las oficinas del FBI. Esta dependencia tuvo cincuenta cajas de información acerca del atentado con seis meses de antelación. Y la gente que se encargó de obtener un departamento, proveer los fondos y rentar la camioneta resultó ser la Mossad. Ese atentado fue una operación del FBI y la Mossad y este es el fondo de la operación del 11 de septiembre.
II El origen del terrorismo está en el Pentágono
En la entrega anterior el activista y autor estadunidense Ralph Shoenman comienza a describir el intrincado tejido conspiratorio de los atentados del 11 de septiembre del año pasado. Para Shoenman es fundamental explicar que existen antecedentes que dan credibilidad a la hipótesis de que la CIA y otras organizaciones de inteligencia estuvieron involucradas en los actos del 11 de septiembre. Lo siguiente es una breve enumeración de algunos de los crímenes planeados o cometidos por estas agencias.
Shoenman: Sus lectores deben de estar informados de algo que se llamó Operación Northwoods, cuya documentación fue desclasificada recientemente. Esta operación fue planeada por la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y el Estado mayor estadunidense en 1962, bajo la dirección del general Lemnitzer, y fue aprobada por todos los altos mandos militares. Ésta proponía, entre otras cosas, secuestrar aviones para estrellarlos en ciudades estadunidenses, matando civiles, así como destruir el cohete que llevaba como pasajero al astronauta John Glenn [citado por James Bamford en su libro sobre la NSA, 'Body of Secrets', páginas 82-91]. Esto lo llevaría a cabo el ejército estadunidense y se atribuiría a Fidel Castro y la revolución cubana para dar pretexto a la invasión de Cuba.
Los atentados provocarían histeria masiva en EU, como la que se produjo después del 11 de septiembre. Este no era un plan vano, sino que fue preparado cuidadosamente y fue propuesto al presidente y al secretario de la defensa. McNamara y Kennedy decidieron esperar porque no querían que EU se involucrara en Cuba de manera abierta, sino que preferían llevar a cabo una operación secreta. No hubo objeción moral alguna. Entonces el Estado mayor propuso un segundo plan que sería un ataque a la base de Guantánamo por personal militar estadunidense que sería atribuido al ejército cubano y se usaría como pretexto para una invasión. Esto tampoco fue aprobado por la presidencia, por lo que propusieron informar a la inteligencia cubana las coordenadas de vuelo sobre Cuba del avión espía U2, ocultando las fuentes de esta información, con la esperanza de que lo derribaran y que eso diera causa para invadir. Estaban preparados a matar ciudadanos estadounidenses y a Glenn para engañar al público y culpar a Cuba. Actos así no se pueden definir de otra manera que como traición.
La resolución del Golfo de Tonkin en el tiempo de la guerra de Vietnam lleva la misma huella y cuando examinamos las circunstancias de los eventos que rodean al 11 de septiembre encontramos un patrón familiar. Fue una operación destinada a proveer el pretexto y las bases para lo que el gobierno estadunidense define como una guerra ilimitada, la cual según Bush puede durar hasta cincuenta años, como una nueva guerra fría. De ninguna otra forma los dirigentes del país hubieran podido obtener el consentimiento popular y enormes aumentos en el presupuesto militar. El virtual agotamiento del excedente presupuestal, la eliminación de servicios sociales y la concesión a las diecisiete corporaciones más grandes del país de descuentos fiscales por diez años de 150 mil millones de dólares, son algunas de las cosas que no hubieran sido concebibles sin las circunstancias creadas el 11 de septiembre, las cuales también han permitido establecer condiciones de virtual ley marcial, con la suspensión de libertades civiles y planes para ocupar hospitales, confiscar provisiones alimenticias e imponer vacunas obligatorias.
Además tenemos el supuesto ataque terrorista con ántrax. Ha habido más de tres mil trescientos incidentes de distribución de ántrax desde el primero de octubre pasado. Y ahora tenemos evidencia de que este ántrax tiene la huella digital inconfundible del ántrax militar producido en laboratorios del ejército estadunidenses, el aditivo squaline. La gente ha sido aterrorizada con la posibilidad de una guerra biológica, cuando los antecedentes son muy claros. En el libro Clouds of Secrecy, Leonard Cole, quien trabajó en [la base militar] Fort Dietrick, Maryland, describe cuarenta años de experimentación con agentes biológicos por el Pentágono en varias ciudades de Estados Unidos: en el sistema de transporte subterráneo de Nueva York, en el sistema escolar de Minneapolis y alrededor de San Francisco. Fueron lanzadas billones de esporas de agentes patógenos comprometiendo la salud de la población en 239 blancos civiles en el país, como lo ha reconocido The New York Times. Más de diez millones de personas fueron afectadas por este programa clandestino. El verdadero origen del terrorismo en contra del pueblo estadounidense puede encontrarse en el Pentágono y la clase gobernante, ese dos por ciento de la población que es dueña del noventa por ciento de la riqueza nacional.
III Los intereses de los Bush
Continuamos aquí la conversación con el controvertido activista Ralph Shoenman, quien afirma que los atentados del 11 de septiembre fueron una operación destinada a servir como pretexto a una guerra ilimitada para nutrir la vorágine del complejo industrial militar estadounidense.
-¿Qué piensa usted de la reacción del presidente Bush el día del ataque?
-Cuando ocurrieron los eventos del 11 de septiembre es claro que el presidente fue informado del ataque al WTC pero permaneció en la escuela en la que estaba hablando a un grupo de niños. Después se lo llevaron a una base estratégica de la fuerza aérea en Louisiana y de ahí a otra base en Nebraska y no lo llevaron a Washington sino hasta mucho después. El columnista conservador de The New York Times, William Safire, escribió que lo que le perturbaba de la explicación del gobierno para mantener a Bush en esas bases era que supuestamente los secuestradores se habían comunicado con el avión presidencial para amenazarlo. Safire se preguntaba por qué los secuestradores previnieron al presidente si realmente pensaban atacarlo, pero además cómo habían conseguido los secuestradores los códigos secretos para comunicarse con ese avión y determinar su posición. Safire escribió que seguramente había un espía en la Casa Blanca, la NSA, la CIA y el FBI: 'Lo primero que necesita esta guerra contra el terrorismo es una operación de inteligencia para localizar a los espías.'
Hay un aspecto particular de la relación de Bush con los eventos. En 1992 el Houston Chronicle publicó un reportaje acerca de una investigación criminal realizada por la división de fraudes financieros del Dpto del Tesoro y el FBI, acerca del lavado de dinero y del pago de enormes cantidades de dinero a corporaciones estadounidenses con la intención de manipular e influir en políticas gubernamentales. Los fondos en cuestión eran nada menos que de la familia Bin Laden y quien los recibía era George W. Bush, a través de sus compañías Hurricane Energy y una entidad llamada Arbusto (por Bush en español), las cuales recibieron cantidades enormes de dinero. Esta información la retomaron el Wall Street Journal y Judicial Watch, quienes hicieron un análisis de Bush, sus compañías y la red Bin Laden. Los fondos en cuestión fueron mediados por James R. Bath, un socio del BCCI (un banco que lavaba dinero del tráfico de drogas para operaciones secretas de la CIA a una escala enorme y que fue objeto de uno de los peores escándalos bancarios de la historia) involucrado con Jalid Bin Mahfouz, quien se dedicaba a transferir los fondos de Bin Laden a las compañías de George W. Bush. Y de aquí salió el grupo Carlyle, una institución de inversión valuada en catorce mil millones de dólares, en cuya junta directiva están Bus padre, el ex secretario de estado George Shultz y Frank Carlucci, ex secretario de la defensa y compañero de dormitorio en la Universidad de Donald Rumsfeld; un verdadero who's who del Partido Republicano.
Esta compañía, con su enorme capital y relaciones con 240 jefes de gobierno, es un vehículo para comprar empresas que tengan cualquier relación con la industria de la defensa y después conseguirles contratos maravillosos que inflen sus acciones de manera gigantesca dejando ganancias de miles de millones de dólares. El Carlyle Group [ver la revista Red Herring, diciembre de 2001] no solamente controla contratos militares, sino que tiene enormes subsidiarias como United Defence y está profundamente involucrado con la industria farmacéutica: Carter Wallace, Endo, Kelso, Unilab y Eli Lilly. ¿Qué tiene que ver esto con las circunstancias del 11 de septiembre? El grupo Carlyle está tan asociado con los fondos de Bin Laden que prácticamente existe gracias a ellos; además está relacionado directamente con la compañía que tiene el monopolio para producir la vacuna en contra del ántrax, Bioport. Esta supuesta vacuna fue dada a quinientos mil soldados y trataron de dársela a la fuerza a 2.6 millones de miembros de las fuerzas armadas estadunidenses. La Asociación de Veteranos de la Guerra del Golfo ha establecido que la supuesta vacuna es tan sólo un experimento y es totalmente inútil. Más de cien mil soldados padecen enfermedades neurológicas, deficiencias del hígado y una plétora de enfermedades relacionadas con la vacunación obligatoria de Bioport. El director de Bioport es William J. Crowe, ex director del Estado Mayor, quien fue embajador en Londres durante el gobierno de Clinton. En Londres, Crowe colaboraba con Fouad al Jibri, quien junto con Ibrahim al Jibri son los principales accionistas de Bioport. Fouad era asociado de Jalid bin Mahfouz y estuvo involucrado en la privatización de Porton Down, la base donde el gobierno británico producía armas biológicas y fabricaba ántrax.
IV Terrorismo y especulación financiera
Aquí, Ralph Shoenman analiza los vínculos entre Wall Street y los eventos del 11 septiembre, despertando aún más dudas al respecto del supuesto origen de los atentados. Asimismo, habla de varios personajes que pudieron tener conocimiento interno de lo que estaba en preparación. Lo siguiente son sus palabras.
-Al día siguiente del ataque la cadena ABC reportó que los terroristas no sólo habían causado inmensa destrucción sino que además habían aprovechado la oportunidad para lucrar al utilizar una herramienta financiera llamada 'puts y calls' para especular con las acciones de las compañías perjudicadas, como American Airlines y United, entre otras.
-En efecto, esto lo reportó ABC y el reportero Frank Viviano en el San Francisco Chronicle. Los mercados financieros vieron un poco antes del 11 de septiembre un extraordinario incremento en la venta de órdenes de compra de acciones de aerolíneas. 'Buzzy' Krongard, ex director ejecutivo de la CIA, estuvo involucrado en muchas de estas ventas, con las que se obtuvieron millones de dólares en ganancias al anticipar la caída de estas acciones. Cuando se ponen 'put options' uno está especulando en el colapso o la caída del precio de la acción. En pocas palabras, esto consiste en que se establece un contrato que permite al comprador vender en una fecha futura a un precio establecido en el contrato sin importar el precio de mercado en ese momento. Los reportes en los medios han rastreado estas transacciones, que han sido enormes y estado todas en manos de gente relacionada con la CIA y sus compañías subsidiarias. Esa documentación es una prueba de que la CIA tenía conocimiento previo de los eventos del 11 de septiembre. También hay que señalar que el director de FEMA, que es la Agencia de Emergencias Federales, en una entrevista para CBS el 12 de septiembre, respondió a la pregunta de qué tan pronto habían estado listos para entrar en acción en Nueva York, diciendo que estaban muy bien preparados desde el 10 de septiembre.
-¿Cómo puede ser? Eso sería reconocer que estaban enterados de la operación.
-Es una pregunta interesante. Hay dos explicaciones, dado que lo dijo y que lo dijo con autoridad por el puesto que ocupa: que tenemos una revelación honesta o bien fue un terrible lapsus. Pero lo que importa es que lo dijo y que nunca fue corregido. Y de hecho también en CBS entrevistaron al agente de la CIA que controlaba a Osama Bin Laden y declaró: 'Si no tuviéramos a Bin Laden, tendríamos que inventarlo.' No hay que olvidar que los miembros más prominentes del grupo Carlyle estaban todos reunidos en el Hotel Ritz Carlton, de Washington, viendo la televisión el 11 de septiembre. Lo cual es una extraordinaria coincidencia, si quieres llamarlo así. Pero más allá de esto el general Mahmoud, que era el director del ISI, el Servicio de Inteligencia Pakistaní, que ha sido el gobierno de facto de ese país desde 1948, estaba en Washington, en la NSA y el Departamento de Estado desde la semana anterior al 11 de septiembre. Él hizo una transferencia electrónica de cien mil dólares a la cuenta de Mohammed Atta [el supuesto líder de la operación y el piloto de uno de los aviones]. Esto fue revelado por la agencia de inteligencia india y publicado en el Hindustani Times y después retomado por la Associated Press. Mahmoud fue obligado a renunciar a su puesto pero las circunstancias de esta transferencia de dinero a Atta no fueron exploradas.
El jefe anterior del ISI, General Gul Hameed, dio una entrevista extraordinaria a Arnaud de Borchgrave, el editor de UPI. Gul Hameed fue el agente del ISI que participó en la organización de Al Qaida, el financiamiento de Bin Laden y del talibán. Gul Hameed dice que los acontecimientos del 11 de septiembre fueron obra de la fuerza aérea estadunidense y la Mossad israelí. Dijo: 'Yo conozco la situación desde adentro, ustedes me entrenaron.' Lo que pasó ese día fue un stand down, que es un procedimiento estándar, lo entrenamos en Pakistán y en EU. No puedes tener aviones civiles entrando en espacio aéreo prohibido, como el Pentágono, la Casa Blanca o el WTC en Nueva York y no tomar medidas. No puedes tener una situación en la que fallen los radiofaros de un avión por más de una hora sin una respuesta. 'Mire, seamos serios, esta es una operación de una sofisticación enorme. ¿En serio cree que fue coordinada desde cuevas en Afganistán?' Es ridículo. Además, de que Gul Hameed asegura que el propio Bin Laden le juró sobre el Corán que él no había tenido nada que ver. Estas evidencias coinciden con otras pruebas que están emergiendo de muchas otras partes.
V El pueblo es un gigante dormido
-Desviándome un poco del tema, ¿tiene alguna teoría acerca del otro avión que cayó sobre Nueva York el año pasado, el vuelo 587 con dirección a Santo Domingo?
-Creo que cayó debido a que utilizaron materiales que comprometieron su seguridad. Parece que todo mundo está de acuerdo en esto. Entiendo por dónde va la pregunta pero no estoy en una posición de dar otra explicación. Aunque todos tenemos dudas. De hecho, hablando de aviones podemos mencionar otras inquietudes. Por ejemplo, en los manifiestos de los pasajeros de los aviones que fueron secuestrados el 11 de septiembre no aparecen los nombres de los supuestos secuestradores; es más, no hay un solo nombre árabe.
-Sí, sabía esto. ¿Qué pasó ahí, las purgaron?
-No tiene sentido. Más tarde dirán que el FBI no quería que estos nombres se hicieran públicos. Pero es un procedimiento estándar, cuando tienes el manifiesto de pasajeros de un avión tienes que enumerar todos los asientos pagados. A menos de que sepas por adelantado que vas a quitar algunos. También ha habido expertos que han ofrecido evidencias de la tecnología que permite controlar aviones a control remoto y dejar a los pilotos sin comando alguno. No sabemos realmente cómo se estrellaron estos aviones en los edificios. Esa es un área en la que hay muchas evidencias contradictorias. Y hay bastantes reportes de ingenieros, incluyendo algunos que trabajaron en la construcción de las torres, que no pueden entender cómo éstas se cayeron. Esos dos edificios cayeron sobre sí mismos como sucedería en una operación de demolición. Cuando se demuele un edificio en medio de una ciudad lo haces caer en sus propios cimientos y eso es una ciencia que requiere de la disposición de explosivos en distintos lugares estratégicos de su estructura, lo cual no es compatible con un avión que se estrella contra la parte superior de un edificio, aun si el combustible arde. Hay muchas preguntas y mucha evidencia científica que no es compatible con la versión oficial de lo que sucedió el 11 de septiembre.
-¿Cree usted que quien hizo esto no se preocupó mucho por ocultar sus huellas?
-No es la ausencia de evidencias lo que nos ha impedido entender estos eventos. Lo mismo puede decirse de los asesinatos de los hermanos Kennedy, de Martín Luther King, de Malcolm X, o las circunstancias del atentado en contra del WTC de 1993. Después de todo, Los Angeles Times, así como otros medios, publicaron la información de que todos los planes del primer atentado contra el WTC estaban en manos del FBI. Uno puede ir ensamblando la información de aquí y de allá, pero el problema es que en su mayoría los medios de comunicación estadunidenses pertenecen y son controlados por grandes corporaciones.
-¿Qué piensa del ambiente belicoso y la mentalidad guerrera que dominan hoy en EU?
-Por supuesto, hay un chauvinismo y belicosidad orquestados. Pero entre los trabajadores hay un gran cinismo y escepticismo al respecto de lo que dice el gobierno. La gente no puede entender que las agencias de inteligencia no pudieran anticipar lo que sucedió. Yo le doy mucho crédito a la sabiduría del pueblo y pienso que es un gigante dormido.
-Para terminar, por ahora. ¿No tiene usted miedo de represalias en estos tiempos en que es casi peligroso ir en contra del dogma oficial?
-Yo era muy cercano a Jim Garrison, el ex fiscal de distrito de Nueva Orleans, el único funcionario gubernamental que se atrevió a acusar al gobierno y a la CIA de haber participado en la ejecución de John F. Kennedy. A Jim le solían preguntar esto muy a menudo, y él solía decir: 'Lo dices todo en cuanto lo sabes y eso es lo único que puedes hacer. Lo que quieres hacer es que paguen un precio político por las represalias que lleguen a tomar, y que de hacerlo sus actos queden asociados con la diseminación de la información.' Lo peor que puedes hacer es tener este tipo de conocimiento y quedarte callado, así aseguras que te desaparezcan. Lo mejor es movilizarse, sacar la información y alertar a la gente. Naturalmente, todo régimen represivo trata de silenciar a sus críticos, eso es cierto en toda sociedad en la que la gente expone los crímenes de los poderosos. En 1965 estaba con Malcolm X en Londres. Él había sido envenenado en Acra y en Cairo y sobrevivió. Un amigo mío de Ghana, Kojo Amoo Gottfried, y yo, llevamos a Malcolm X al aeropuerto y en el camino le rogamos que usara un chaleco antibalas. Él respondió:
'Un chaleco no serviría, la tarea es movilizar a la población, crear la organización necesaria para que no sea posible decapitar un movimiento al deshacerse de sus líderes.' Malcolm fue asesinado en Nueva York. La verdad es que solamente al construir un movimiento y al organizar a la gente se puede hacer que las represalias sirvan para enseñar a la gente la verdadera naturaleza de sus gobiernos. No hay otra manera de resistir que hablar tan claro y tan fuerte como sea posible.
* Es posible escuchar a Ralph Shoenman los viernes a las 9:00 a.m. en WBAI-Pacifica Radio [http://www.wbai.org ], marcando la opción Listen.


Chispa - r

El 11 S en un mundo creado por el cine

Tom Engelhardt
TomDispatch
11-09-2006
Traducido del inglés para Rebelión y Tlaxcala por Germán Leyens

Sabíamos que iba a ocurrir. No, como lo imaginan los teóricos de la conspiración, sólo unos pocos funcionarios superiores de entre nosotros, sino todos nosotros – y no durante semanas o meses, sino durante más de medio siglo antes del 11 de septiembre de 2001.
Por eso fue, en cierto modo, tan familiar, a pesar de todo el sobresalto. Los usamericanos ya imaginaron versiones del 11 de septiembre poco después de que lanzaran la primera bomba atómica sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Ese evento hizo hervir la imaginación usamericana. Dentro de semanas de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, como ha mostrado el erudito Paul Boyer, ya habían aparecido todos los signos familiares del miedo nuclear – los periódicos dibujaron círculos concéntricos de destrucción atómica a partir de un Ground Zero de fantasía en las ciudades usamericanas, y las revistas ofrecieron visiones de nuestro país como un páramo vaporizado, e imaginaron a millones de usamericanos muertos.
Y luego, de repente, en una clara mañana pareció llegar – por aire, con imágenes de destrucción de los monumentos más poderosos de nuestro poder y todo, y (tal como lo habíamos vivido antes) como espectáculo en la pantalla. En un cierto momento de ese día, pudo ser visto en más de treinta canales, incluyendo algunos que nunca antes habían tenido nada que ver con noticias urgentes, y casi todos estuvieron pendientes de las pantallas.
Sólo un numero relativamente pequeño de neoyorquinos presenció realmente el 11-S: los que estaban en la punta de Manhattan o suficientemente cerca para ver como los dos aviones se estrellaban contra las torres del World Trade Center, para observar (como lo hicieron algunos escolares) a personas saltando o cayendo de los pisos superiores de esos edificios, para ser envueltos en la vasta nube de humo y cenizas, en las decenas de miles de ordenadores y copiadoras pulverizadas, el asbestos, la carne, y los planos, los restos desgarrados de millones de hojas de papel, de la vida financiera y oficinesca tal como la conocemos. Para la mayoría de los usamericanos, incluso para aquellos que, como yo, vivíamos en Manhattan, el 11-S ocurrió en las pantallas de televisión. Por eso lo que primero vino a la mente de la gente y repletó instantáneamente nuestros periódicos y las noticias en la televisión – fue la vida previa en la pantalla: las películas.
Inmediatamente después de los ataques, las noticias estuvieron salpicadas de comentarios sobre, de pensamientos sobre, y de referencias a, películas. Periodistas, como escribió Caryn James en el New York Times ese primer día, “compararon los acontecimientos con películas de acción de Hollywood”; así como lo hicieron escritores de artículos de opinión (“las escenas excedieron lo peor de las cintas de desastres de Hollywood”); columnistas ( ("En la televisión, dos hitos nacionales… parece como el día después en la cinta ‘Independence Day’”); y testigos presenciales (“Fue como una de esas películas de Godzilla”; “Y luego vi una explosión que parecía salir directamente de ‘The Towering Inferno’ [El coloso en llamas]"). Mientras tanto, en una ironía del momento, Hollywood se apresuró a extirpar de las próximas pantallas grandes y pequeñas todo lo que pudiera evocar pensamientos del 11-S, incluyendo en el caso de Fox, la promoción del primero de 24 episodios, en el que “un terrorista hace estallar un avión.” (¡Y pretenden que comprendieron lo que ocurrió!)
Nuestros instintos siempre nos dijeron lo que iba a ocurrir. Como un vástago errante, Little Boy y Fat Man, los dos paquetes atómicos con los que les retribuimos por lo que hicieron en Pearl Harbor, tenían que volver a casa algún día. Con razón, la referencia histórica omnipresente en los medios después de los ataques fue Pearl Harbor o, como dijeron los delirantes titulares: “INFAMIA, o UN NUEVO DIA DE INFAMIA. Acabábamos de vivir “el Pearl Harbor del Siglo XXI” o, como dijo R. James Woolsey, ex director de la CIA (y neoconservador), en el Washington Post ese primer día: “Ahora quedó claro, como el 7 de diciembre de 1941, que USA está en guerra… La pregunta es: ¿con quién?”
El día después
Con razón se pensó primero en un evento nuclear. Con razón, según un artículo de New York Times, Tom Brokaw, que entonces dirigía la cobertura noticiosa ininterrumpida de NBC, “puede haberlo captado mejor cuando vio un vídeo de gente en una calle, todo y todos tan cubiertos con ceniza… [y dijo] que se veía ‘como un invierno nuclear en el bajo Manhattan.’” Con razón el Tennessean y el Topeka Capital-Journal utilizaron ambos el titular “El día después,” tomado de una famosa película de televisión de 1983 sobre un Armagedón nuclear.
Con razón apodaron rápidamente el área en la que cayeron las dos torres "Ground Zero," un término reservado anteriormente para el sitio en el que había ocurrido una explosión atómica. El 12 de septiembre, por ejemplo, Los Angeles Times publicó una página entera de ilustraciones de los ataques contra las torres bajo el título: "Ground Zero." A fines de la semana, se había convertido en el único nombre para “el lugar del colapso,” como en un titular del New York Times del 18 de septiembre: “Muchos vienen a atestiguar en Ground Zero."
Con razón los eventos parecieron tan extrañamente familiares. Habíamos estado viviendo con el posible retorno de nuestro armamento más poderoso a través de la televisión y el cine, las novelas y nuestra propia fantasía, en el pasado, el futuro, e incluso en algo como el casi-presente – gracias a una aparición de John F. Kennedy en la televisión el 22 de octubre de 1962, durante la crisis de los misiles en Cuba en la que nos dijo que nuestro mundo podría terminar mañana.
Tantas corrientes de la cultura popular se habían fundido en esto. Nos habían presentado tantos “pre-estrenos”. Por todas partes en esos decenios, podías verte, o a tus compatriotas, o al enemigo, “Hiroshimatizados” (como lo llamó Variety en 1947).: Judgment Day”, incluso si no fue literalmente nuclear, ese sentido apocalíptico de destrucción persistió mientras el tren, el autobús, el dirigible, armado con explosivos, se dirigía hacia nosotros en nuestra inocencia ignorante; mientras el infierno elevado, el aeropuerto, la ciudad, la Casa Blanca volaban por los aires, mientras nos ofrecían paisajes de una Pompeya de destrucción futurista en lo que después del 11-S sería conocido como “la patria”.
Algunas veces llegaba del espacio sideral armado con extraños rayos destructores de ciudades; otras veces monstruos irradiados surgían de lo profundo para pisotear nuestras ciudades (en la nueva versión de “Godzilla”, nada menos que Nueva York). Después de que Darth Vader de “La guerra de las galaxias” utilizó su “Estrella de la muerte” para pulverizar todo un planeta en 1977, planetas eran destruidos con armas nucleares en los dibujos animados de la televisión del sábado por la mañana. En nuestras imaginaciones, después de 1945, siempre estuvimos en un Ground Zero planetario.
Buena racha de ficción distopiana
En el resto del mundo también nuestros programas especiales, nuestras catástrofes, nuestros pre-estrenos fueron vistos por otros: de Hamburgo a Arabia Saudí a Afganistán, y así, como escribiera el historiador de Hollywood, Neal Gabler en el New York Times sólo días después del 11-S. estuvieron preparados para proporcionarnos aquello con lo que tanto habíamos soñado con la oportunidad adecuada – asegurando, por ejemplo, que el segundo avión llegara “a un intervalo decente” después del primero para que las cámaras estuvieran dispuestas y en su sitio – presentando así un lenguaje visual que hasta pudiera ser comprendido por los espectadores usamericanos.
Pero la trampa es que: Lo que ocurrió, cuando ocurrió, el 11 de septiembre de 2001, no fue lo que pensábamos. No hubo Ground Zero, porque no hubo nada ni remotamente atómico en los ataques. No fue en nada el Apocalipsis. Con la excepción de su éxito, se diferenciaba apenas del ataque contra el World Trade Center de 1993, el que casi derribó una torre con una camioneta Ryder alquilada y una bomba hecha en casa.
¡Vale!, el camión de 1993 había criado alas y había ganado todo el poder de esos depósitos de combustible jet transcontinentales casi repletos, pero de otra manera lo que “cambió todo”, como se diría poco después, fue algo como una buena racha de ficción distopiana para Al Qaeda: Diecinueve hombre con mucha convicción y habilidades medianas, armados con armas de excesiva baja tecnología y dos aviones secuestrados, lograron crear una escena apocalíptica que, en otro contexto, habría enorgullecido a los maestros de efectos especiales de Industrial Light & Magic de Lucas – y la reacción del gobierno de Bush – todo lo demás vino después.
La pequeñísima banda de fanáticos que planificó el 11-S tuvo esencialmente mucha suerte. Si hemos de creer el testimonio, obtenido bajo las técnicas de interrogación de la CIA, del planificador maestro de Al Qaeda, Khalid Shaikh Mohammed, lo que ocurrió lo sorprendió hasta a él. (“Según el resumen [de la CIA] dijo que ‘no tenía la menor idea de que el daño del primer ataque sería tan catastrófico como lo fue.’”) Esas dos imponentes torres se derrumbaron en esa vasta, turbulenta nube parecida a un hongo de humo blanco ante las cámaras como la suprema película de acción de Hollywood (sus imágenes multiplicadas en su poder traumatizante por miles de repeticiones durante una duración récord de más de noventa horas continuas de cobertura televisiva). Y esa imaginería se ajustaba perfectamente a las expectativas secretas de los usamericanos – exactamente como correspondía a las necesidades tanto de Al Qaeda como del gobierno Bush.
Es indudablemente el motivo por el cual otras partes de la historia de ese momento desaparecieron de la vista. En el quinto aniversario del 11-S, no habrá, por ejemplo documentales conmemorativos enfocados en el vuelo 77 de American, que cayó sobre el Pentágono. Ese ataque destructivo, pero sin presentación apocalíptica, no satisfizo esas mismas expectativas prefabricadas. Aunque el término “"ground zero Washington” flotó inicialmente en el éter de los medios, nunca llegó a imponerse.
Del mismo modo, han sido olvidados los insolutos asesinatos-por-correo con ántrax ocurridos casi al mismo tiempo, que causaron un estremecimiento colectivo de horror, (Según una búsqueda LexisNexis, 260 historias aparecieron entre el 4 de octubre y el 4 de diciembre de 2001, en el New York Times y 246 en el Washington Post con “ántrax” en el titular. Es el equivalente noticioso de un grito agudo de horror.) Esos sobres, que rebalsaban de polvo altamente refinado de ántrax y contenían cartas fechadas “11/9/01” con líneas como “Muerte a USA, Muerte a Israel, Alláh es Grande,” representaron el único uso de un arma de destrucción masiva en este período; sin embargo fueron lentamente erradicados de nuestra memoria colectiva (y mediática) una vez que quedó más claro que los perpetradores eran probablemente asesinos hechos en casa, posiblemente de los propios laboratorios de armas de la guerra fría de USA que produjeron tantas armas de destrucción masiva para comenzar. Es una garantía de que los medios no estarán repletos de artículos conmemorativos de las víctimas del ántrax en octubre próximo.
La guerra de 36 horas
Perdonen, por lo tanto, que use un instante para otro tema lúgubre. Siempre me ha gustado la ‘historia de ¿qué habría pasado si?’ y, cuando era más joven, la ciencia ficción. Recientemente decidí hacer retroceder mi máquina del tiempo al 11 de septiembre de 2001; o, para ser más exacto, tomar el metro IRT en varias tardes sobrecalentadas de julio a una de las glorias culturales de mi ciudad, la Biblioteca Pública de Nueva York, un edificio que – en el reino en el que se funden la ciencia ficción y la ‘historia de ¿qué habría pasado si?’ – sufrió su propio “daño” monstruoso, su propio 11-S, sólo meses después del bombardeo atómico de Hiroshima.
En noviembre de 1945, la revista Life publicó “La guerra de 36 horas:” una ‘historia de ¿qué habría pasado si?’ sobrecalentada en la que un enemigo anónimo en “África ecuatorial” lanza un ataque con misiles atómicos por sorpresa contra USA, con el resultado de 10 millones de muertos. Una ilustración dramática que acompañaba al artículo mostró a los dos leones cacarañados de piedra todavía en pie, protegiendo una escena de ground zero de destrucción casi total, mientras técnicos altamente protegidos estudiaban “los escombros de la ciudad destruida buscando radioactividad.”
Pasé ante esos leones majestuosos, todavía en pie (igual que la biblioteca) en 2006. Entré a la sala de microfichas y comencé a leer ediciones del New York Times así como de otros periódicos a partir del 12 de septiembre de 2001. Me vi sumergido una vez más en un Apocalipsis infernal. Palabras y frases vívidas del Times desde ese primer día: “puertas del invierno,” “lo impensable,” “mundo de pesadillas de Hieronymus Bosch," “tormenta infernal de cenizas, vidrio, humo, y víctimas saltando,” “infierno clamoroso,” “una caparazón de cenizas de lo que había sido, casi una Pompeya.” Pero una de las palabras más comunes durante esos días en el Times y en otros sitios fue “vulnerable” (o como lo dijo un artículo del Times, “ningún sitio era seguro”). La primera plana del
Chicago Tribune reflejó ese ambiente en un titular: “Sentimiento de invencibilidad repentinamente destruido,” y una sentencia principal: “El martes. USA la invencible se convirtió en USA la vulnerable.” Habíamos enfrentado a “los kamikazes del Siglo XXI” – una frase a la Pearl Harbor que atraería atención – y habíamos perdido.
Se me ocurrió, mientras hacía correr esas microfichas granulientas; mientras pasaba la foto de un hombre, en el aire, cayendo con la cabeza primero desde una torre del World Trade Center; mientras leía la siguiente observación de un superviviente de Pearl Harbor entrevistado por el Tribune: “Las cosas nunca volverán a ser lo mismo en este país”, mientras hacía correr sección tras sección, día por día, hasta nuestro presente inconfundiblemente cambiado; mientras leía todas esas palabras que borbotaban como una tormenta lingüística alrededor de las fotos de esas execrables nubes blancas; mientras consideraba todos los artículos de opinión y las columnas repletas de todas esas opiniones instantáneas que fluyeron a las páginas de nuestros periódicos antes de que haya habido siquiera el tiempo necesario para pensar; mientras veía, enterrada en sus páginas, una pila de palabras y frases – “ataque anticipado,” “un nuevo Departamento de Prevención [en el Pentágono]”, “defensas de la patria,” “agencia de seguridad de la patria” – que ya se asomaban en nuestro mundo, preparándose para que la gente las digiriera.
Entre todas ellas, la palabra que apareció más rápido, agarrada a ese “nuevo Día de la Infamia,” y con el efecto más letal, era “guerra.” El senador John McCain, entre muchos otros, calificó de inmediato los ataques de “un acto de guerra,” igual que el senador republicano Richard Shelby que insistió en que “esto es guerra total,” igual que el columnista del Washington Post, Charles Krauthammer, que inició su primer editorial ese primer día: “Esto no es un crimen. Es guerra.” Y rápidamente se encontraron junto a un torbellino de potenciales belicistas: demócratas así como republicanos, liberales así como conservadores, incluso si todavía desconocían el enemigo.
En la noche del 11 de septiembre, el propio presidente, dirigiéndose a la nación, ya habló de ganar “la guerra contra el terrorismo.” El segundo día, utilizo la frase “actos de guerra”, el tercer día: “la primera guerra del Siglo XXI” (mientras el Times informaba de un “toque de tambor para la guerra” en la televisión); al llegar el fin de semana, “la larga guerra”; y a la semana siguiente, en un discurso ante una sesión conjunta del Congreso, mientras anunciaba la creación de una Oficina de Seguridad de la Patria a nivel de gabinete, esgrimió doce veces “la guerra”. (“Nuestra guerra contra el terror comienza con Al Qaeda, pero no termina ahí.”)
¿Qué habría pasado si?
Y vino mi pensamiento de ¿qué habría pasado si? ¿Qué habría pasado si los dos aviones secuestrados, el vuelo de American 11 y de United 275, hubieran caído sobre esas torres norte y sur a las 8:46 y a las 9:03, matando a todos a bordo, causando amplios daños y cantidades importantes de muertos, pero si ninguna torre hubiera caído? ¿Qué habría pasado si, no se hubieran producido, como lo llamó un columnista del Tribune, “escenas de Apocalipsis” fotogénicas? ¿Qué habría pasado si, a pesar de dos enormes agujeros y del humo y las llamas que salían de las torres, la imaginería hubiese sido más parecida a la de 1993? ¿Qué habría pasado si no hubiera habido una gigantesca nube de destrucción capaz de recordar la visión del “día después,” ninguna imagen de torres cayendo, dignas de “Independence Day”?
Con seguridad habríamos visto titulares resplandecientes, pero ¿habrían tenido en común las palabras “guerra” o “infamia”, como si nos hubiese atacado otro Estado? ¿Habría pasado la última superpotencia de ser “invencible” a ser “vulnerable” en la fracción de un segundo? ¿Habrían escrito nuestros periódicos instantáneamente editoriales sobre “antes” y “después”, o insistido en que este momento era el “test” supremo de la presidencia de George W. Bush, lánguida hasta entonces? ¿Habríamos considerado instantáneamente lo que el director de la CIA, George Tenet, pronto calificaría de “cadenas” impuestas a nuestras agencias de inteligencia y militares? ¿Habríamos estado reconsiderando, como sugirió el senador demócrata de Florida, Bob Graham, ese primer día, que se rescindiera la prohibición del Congreso de asesinar a funcionarios y jefes de Estado extranjeros? ¿Habría tratado un periodista del Washington Post, horas después, de identificar el tipo de “guerra” en la que nos encontrábamos? (La etiquetó provisionalmente “la Guerra Gris.”) ¿Nos habría sumergido el columnista del New York Times, Tom Friedman, al tercer día, en la “III Guerra Mundial”? ¿Habría el Times colocado el 14 de septiembre, con titulares y citas en primera plana, al Subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz, insistiendo en que “no es cosa simplemente de capturar a personas y responsabilizarlas, sino de eliminar los santuarios, eliminar los sistemas de apoyo, terminar con Estados que patrocinan el terrorismo?” (Los editorialistas del Times ciertamente notaron la ominosa “s” en “Estados” y escribieron el día después: “pero confiamos en que [Wolfowitz] no está pensando en invadir Iraq, Irán, Siria y Sudán, así como Afganistán.”)
¿Habrían combinado con semejante rapidez los medios la “guerra” entre Estados y los “actos de terror” como una “guerra contra el terror” y habría llegado esa frase, en un poco más de una semana, a un importante discurso presidencial? ¿Podría Los Angeles Daily News haber producido la siguiente serie de cuatro días de delirantes titulares, que incluso fue más lejos que el presidente en su impacto: ¡Terror/Horror!/ “Es guerra”/Guerra contra el terror?
¿Si todo no hubiera parecido tan familiar, no nos habríamos dado cuenta de lo que fue realmente nuevo en los ataques del 11 de septiembre? ¿No se habría intrigado más gente cuando, según Ron Suskind en su nuevo libro “The One Percent Doctrine,” un periodista preguntó al secretario de prensa de la Casa Blanca, Ari Fleischer: “¿Seguramente uno no declara una guerra contra un individuo? ¿No habría respingado el Congreso al aprobar, tres días después, una resolución de duración casi totalmente indefinida dando al presidente el derecho de utilizar la fuerza no contra una nación (Afganistán) sino contra “naciones,” en plural y no identificadas?
¿Y cómo habrían funcionado los planes nucleares del gobierno Bush, inspirados por el miedo, si esos edificios no se hubieran derrumbado? ¿Habrían tenido el mismo impacto el supuesto programa nuclear y los arsenales de armas de destrucción de Sadam? ¿Habrían penetrado tan profundamente los interminables vínculos del dictador iraquí, Al Qaeda y el 11-S hasta conducir a que, en 2006, la mitad de todos los usamericanos, según un sondeo de Harris Poll, sigue creyendo que Sadam tenía armas de destrucción masiva cuando comenzó la invasión de USA, y un 85% de los soldados usamericanos estacionados en Iraq, según un sondeo Zogby, creía que la misión de USA era sobre todo “tomar represalias por el papel de Sadam en los ataques del 11-S?
Sin esa imaginería apocalíptica del 11-S, ¿habrían dominando tanto la conciencia usamericana esas nubes iraquíes de fantasía en forma de hongo imaginadas por funcionarios gubernamentales, que se elevaban sobre ciudades usamericanas o esos vehículos aéreos teledirigidos iraquíes capaces de rociar nuestra Costa Este con armas químicas o biológicas, o la supuesta busca de yellowcake africano de Sadam (o incluso , hoy en día, la “bomba” iraní que no existirá, tal vez, durante otro decenio, si jamás llega a existir)?
¿Estarían ya Osama ben Laden y Ayman al-Zawahiri en celdas en la cárcel o ante un tribunal? ¿Habrían sucedido tantas cosas de otra manera?
La oportunidad de su vida
¿Y si los ataques del 11 de septiembre de 2001, no hubieran sido vistos como un nuevo Pearl Harbor? Sólo tres meses antes, después de todo, estrenaron “Pearl Harbor” de Disney (la versión “esterilizada,” como la llamó el columnista del Times, Frank Rich), un filme gigante hecho con amplia ayuda del Pentágono, que desilusionó en los multicines. Como un acontecimiento, pareció irrelevante para el público usamericano hasta el 11-S, cuando la antigua historia – y la antigua retribución que la acompañó – borraron del cerebro usamericano la historia real de las últimas décadas, incluyendo nuestra masiva guerra antisoviética encubierta en Afganistán, de la que emergió Osama ben Laden.
Es la mayor ironía: Desde esos días triunfales de 1945, los usamericanos siempre habían sospechado en secreto que no eran “invencibles” sino excesivamente vulnerables, algo que sólo fue reforzado por la cultura pop y los temores más profundos de la era de la guerra fría. La confirmación de ese hecho llegó con tanta urgencia el 11 de septiembre sobre todo porque ya era una verdad instintiva. Los cazadores de ambulancias del gobierno Bush, que vieron una tal oportunidad en los ataques, fueron tal vez los últimos usamericanos que no habían absorbido esa realidad. A medida que se realizaba el guión del Nuevo Día de la Infamia, la escala horrible pero real del daño infligido en Nueva York y Washington (y a la economía de USA) se perdió esencialmente en la distancia. El ataque había sido relativamente pequeño, limitado en sus medios y masivo sólo por su atrevimiento y suerte – favorecido porque el gobierno no esperaba algo como ese ataque, a pesar del informe dado por la CIA a Bush durante un despreocupado día de agosto en Crawford ("Ben Laden decidido a atacar en USA”) y tantas otras pistas.
Recién la semana antes del 11-S la administración Bush había estado de capa caída, con un presidente “distanciado,” titubeante, criticado por miembros preocupados de su propio partido por tomar vacaciones demasiado largas en su rancho en Texas, mientras la nación iba a la deriva. Además, había sólo un grupo antes del 11 de septiembre con un guión de “un nuevo Pearl Harbor” en sus mentes. Importantes personajes del gobierno, incluyendo al vicepresidente Dick Cheney, al Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld y al Subsecretario de Defensa Wolfowitz, habían querido aumentar durante años el poder del presidente y del Pentágono, disminuir el poder del Congreso (sobre todo cualesquiera restricciones parlamentarias de la presidencia resultantes de la era de Vietnam/Watergate) y completar el derrocamiento de Sadam Husein (“cambio de régimen”), abortado por el primer gobierno Bush en 1991.
También sabemos que algunos de esos planes fueron considerados en los años noventa y que los que los tenían y los impulsaban, en particular en el Proyecto por un Nuevo Siglo Usamericano, en realidad escribieron en una propuesta intitulada “Reconstruyendo las Defensas de USA” que “el proceso de transformación [del Pentágono], incluso si conlleva un cambio revolucionario, será probablemente prolongado, a falta de algún evento catastrófico y catalizador – como un nuevo Pearl Harbor.”
También sabemos que horas después de los ataques del 11-S, gran parte de la misma gente ya trabajaba en la guerra de sus sueños. Cinco horas después del ataque contra el Pentágono, Rumsfeld instó a sus asesores para que presentaran planes para atacar Iraq. (Notas de un asistente transcriben como sigue sus deseos: “Rápido, la mejor información. Juzguen si basta con atacar a S.H. [Sadam Husein] simultáneamente. No sólo UBL [Osama ben Laden]... Sean sólidos. Métanlo todo. Las cosas relacionadas y las que no lo están.”)
Sabemos que al llegar el día 12, el propio presidente había agarrado a su máximo consejero sobre contraterrorismo en el Consejo Nacional de Seguridad, Richard Clarke, y a parte de su personal en una sala de conferencias cercana al “Situation Room” de la Casa Blanca y exigió conexiones. (“’Miren bajo cada roca y muestren la diligencia debida.’ Fue un mensaje muy intimidante que decía: ‘Iraq. Denme un memorando sobre Iraq y el 11-S.’”) Sabemos que al llegar noviembre, los máximos funcionarios del gobierno ya estaban involucrados profundamente en la planificación operacional de una invasión de Iraq.
Y no estaban solos. Dentro del nexo Pearl Harbor/ataque nuclear que emergió casi instantáneamente de las ruinas del World Trade Center, otros trabajaban febrilmente. Sólo ocho días después de los ataques, por ejemplo, la compleja Ley Patriota de 342 páginas fue enviada apresuradamente al Congreso por el Ministro de Justicia John Ashcroft, aprobada por un Senado atemorizado a altas horas de la noche del 11 de octubre, sin haber sido leída por lo menos por algunos de nuestros representantes, y firmada como ley el 26 de octubre. Como indicó su aparición instantánea, estaba compuesta de una serie de caballos de batalla derechistas ya existentes, provisiones y ampliaciones de los poderes de mantenimiento del orden rápidamente redactadas, tomadas de una “lista de deseos” del FBI (anteriormente rechazada por el Congreso). Todo esto fue compaginado apresuradamente por gente que, como los hombres del presidente respecto a Iraq, vieron su principal oportunidad cuando se derrumbaron esos edificios. Como tal, representa mucho de los que ocurrió “como reacción” al 11-S.
¿Pero qué habría pasado si no hubiéramos estado esperando tanto tiempo una guerra propia de treinta y seis horas en la nación más victoriosa del planeta, su única “híperpotencia”, su nueva Roma? ¿Qué habría pasado si esos marcos pre-existentes no hubiesen sido tan bien preparados para que emergieran sin retraso? ¿Qué habría pasado si nosotros (y también nuestros enemigos) no hubiéramos ido al cine todos esos años?
Planeta hecho en las películas
Entre otras cosas, nos hemos quedado con un monumento conmemorativo espurio de “mil millones de dólares” para los ataques del 11-S (recalibrado recientemente a 500 millones de dólares) planificado para Ground Zero en Nueva York, que comporta toda clase de excesos de costes asociados en otros casos con la ocupación de Iraq. En sus ambiciones, lo que conmemorará en realidad es el ímpetu exagerado, de cruzada, del gobierno Bush que siguió a los ataques. Es demasiado tarde ahora – y nadie me ha consultado en todo caso – pero sé lo que habría sido mi monumento conmemorativo.
Unos pocos días después del 11-, mi hija y yo hicimos un viaje al centro, lo más cerca posible de "Ground Zero". Mientras el aire seguía escoriando nuestras gargantas, caminamos de manzana en manzana, mirando por las calles para echar vistazos a la inmensidad misma de la destrucción. Y, por cierto, de un modo que ninguna pequeña pantalla puede comunicar, tenía un aire apocalíptico, especialmente esos inmensos fragmentos de edificios caídos que se elevaban como – recuerden, soy un usamericano típico formado por el cine y esa semana tenía filmes en mi cerebro – la imagen de la Estatua de la Libertad destruida que termina de manera horripilante la primera cinta de “Planeta de los Monos”, ese monumento cinematográfico a la locura nuclear de la humanidad. Si lo hubieran dejado como estaba, habría sido un monumento aleccionador para todos los tiempos, no sólo respecto a la matanza que fue el 11-S sino para lo que habíamos esperado durante tanto tiempo – y que, lamentablemente, seguimos esperando; lo que en el mundo que ha producido George Bush, se ha hecho cada vez más, en vez de menos, probable. E imaginen lo que sería entonces nuestra reacción.
¿Más seguros? No sean ridículos.
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Tom Engelhardt, que dirige Tomdispatch.com del Nation Institute (“un antídoto permanente para los medios dominantes”), donde apareció primero este artículo, es cofundador del Proyecto del Imperio Usamericano y autor de “The End of Victory Culture, a history of American triumphalism in the Cold War”, “The Last Days of Publishing”, una novela, y en otoño: “Mission Unaccomplished” (Nation Books), la primera colección de entrevistas de Tomdispatch. Este artículo aparecerá en la edición del 25 de septiembre de Nation (en los quioscos esta semana).
Germán Leyens es miembro de los colectivos de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción es copyleft y se puede reproducir libremente, a condición de mencionar al autor, al traductor y la fuente.



Chispa - r

martes, 7 de agosto de 2012

El terrorismo, la gran coartada

Entrevista a Samir Amin

25 de enero de 2002
Anne Marie Mergier, Proceso
Al llamado de Washington de que el mundo forme un frente común contra el terrorismo se contrapone otra opción: un movimiento mundial de oposición a la globalización. Samir Amin, economista egipcio en cuyo currículum figuran cuatro décadas radiografiando el imperialismo, critica a los líderes occidentales, creadores, por su incomprensión, del islamismo político que ahora los empavorece.
No es un frente unido contra el terrorismo lo que el mundo necesita. Ese frente sólo generará más y más terrorismo. La única manera de impedir actos violentos, ciegos y desesperados es constituir un frente unido contra la injusticia social internacional y contra la guerra, señala Samir Amin.
Agrega: Ésa es la meta del movimiento mundial de oposición a la globalización neoliberal. Su movilización es un obstáculo para los planes hegemónicos de Estados Unidos y lo convierte en blanco principal de esa llamada coalición internacional contra el 'terrorismo'. Hay que ser lúcidos: esa cruzada contra el terrorismo encabezada por George W. Bush es una coartada para acabar con ese movimiento.
Samir Amin parece burlarse del paso del tiempo y de sus 70 años. Impresiona su dinamismo. Economista egipcio egresado de la Sorbona, es autor o coautor de decenas de libros traducidos en numerosos idiomas, 24 de los cuales están disponibles en español. Considerado como uno de los más agudos analistas de las problemáticas económicas y políticas del Continente Africano y del desarrollo en el Tercer Mundo, Amin lleva también cuatro décadas radiografiando el capitalismo y el imperialismo, tema del ensayo de 300 páginas que se apresta a publicar.
De 1957 a 1960, Amin trabajó en la Administración Egipcia de Desarrollo Económico. En los tres años siguientes fue consejero del gobierno de Malí y luego catedrático en universidades francesas y de Senegal. En 1970 dirigió el Instituto Africano de Desarrollo Económico y de Planeación, al tiempo que encabezó el Foro del Tercer Mundo. Hoy preside el Foro Mundial de las Alternativas.
Pilar del movimiento internacional de oposición al neoliberalismo, Amin —quien con la organización francesa Attac y distintos movimientos brasileños impulsó la celebración del Primer Foro Social Mundial de Porto Alegre— reconoce que su vida es un tanto agitada: cuando no viaja por el mundo corriendo de conferencias a cumbres, comparte su tiempo entre El Cairo, su ciudad natal, Dakar (Senegal), sede del Foro Mundial de las Alternativas, y París.
Al recibir a la corresponsal en el estudio lleno de libros de su apartamento parisino, informa que acaba de llegar de Shengen (Bélgica), donde participó durante una semana en una reunión internacional de preparación del Segundo Foro Social Mundial, y que se apresta a ir a Porto Alegre para ese encuentro que califica de capital en el terrible contexto actual.
Mientras hablamos, el teléfono suena más de una vez. Amin guarda la calma. En realidad, solamente la pierde cuando toca el tema de Estados Unidos, sobre todo el de la cruzada antiterrorista de Bush y la forma en que los medios de comunicación occidentales la reseñan.
Según estos medios, la aparición de movimientos políticos que se reclaman del Islam sólo refleja el atraso cultural y político de pueblos incapaces de entender otro lenguaje que el de su oscurantismo atávico. Al igual que los líderes occidentales, los analistas de esos medios no ven, no quieren ver, que el surgimiento de esos movimientos es en realidad la expresión de una revuelta violenta contra los efectos destructivos del liberalismo y la modernidad inacabada, truncada y engañadora que genera. Es una revuelta perfectamente legítima contra un sistema que nada tiene qué ofrecer a esos pueblos.
- Me extraña: usted parece justificar la violencia de los fundamentalistas o los integristas islámicos...
- No justifico nada. Usted sabe muy bien que he pasado mi vida oponiéndome a ellos. Contextualizo el problema. Es distinto. Ahora bien, antes de seguir, hay un punto que me urge aclarar: los términos integristas y fundamentalistas son términos absolutamente erróneos manejados exclusivamente por Occidente. En los países árabes nadie los usa, porque el discurso islámico que pretende ofrecer una alternativa a la modernidad capitalista no tiene fundamento teológico alguno. Es meramente político. Es una manifestación política del sentimiento religioso de los pueblos musulmanes. Por eso hablamos de islamismo político y no de fundamentalismo o integrismo. Más grave: los occidentales, y en primer lugar Estados Unidos, participaron activamente en la instrumentalización de ese islamismo.
- ¿Podría ser un poco más explícito?
- El Islam político es producto del fracaso de dos grandes corrientes que fueron muy activas en el tercer mundo, en particular Asia y África, durante buena parte del siglo 20... No me gusta el término fracaso. Sería más exacto hablar de imposibilidad de rebasar ciertos límites.
 - ¿Cuáles eran esas corrientes?
Por un lado, la de la burguesía liberal. Se trataba de una burguesía modernista, no muy democrática, convencida de que podía integrarse a la globalización capitalista, que no Nació ayer, y que pensaba poder hacerlo negociando los términos de esa integración en el marco de una cierta interdependencia. Acariciaba la ilusión de no tener que obedecer como simple agente de la colonización. No lo logró. Y tuvo que someterse a la voluntad imperialista.
La segunda corriente es lo que llamo el 'nacionalismo populista', cuya primera manifestación fue, a mi juicio, la Revolución Mexicana. Esa corriente se oponía al imperialismo y a la burguesía local. No era forzosamente socialista en el sentido soviético de la palabra, pero su ideología tenía un fuerte contenido social.
En los países árabes esa corriente se manifestó mediante el nasserismo en Egipto, el baasismo en Irak y Siria, el régimen de Boumediene en Argelia, etcétera... Tampoco esa corriente prosperó. No fracasó del todo porque generó grandes transformaciones en las sociedades, pero no logró su cometido. El hecho de que se agotaran esas dos corrientes concomitantes y sucesivas, a menudo antagónicas, creó un gran vacío que el islamismo no tardó en llenar.
- ¿Cuáles eran las relaciones de esas corrientes con el Islam?
En los Estados dirigidos por la burguesía liberal o el nacionalismo populista, los gobiernos desconfiaban del Islam. No se trataba de Estados laicos, el Islam figuraba en la constitución como religión de Estado, pero los gobernantes lo apartaban de la política. Cuando sus respectivos proyectos se colapsaron, el islamismo tomó la revancha. Manipuló en forma bastante burda el sentido religioso de amplias capas de la población y empezó a adquirir cada vez más audiencia.
Ese fenómeno se agudizó en los 20 últimos años, con la irrupción brutal del neoliberalismo, que acabó con todos los beneficios que las capas inferiores de la burguesía mediana habían podido sacar del nacional populismo. Ésas son las razones 'internas' del surgimiento del islamismo político en los países árabes y musulmanes. Pero no hay que subestimar el papel que jugó la intervención externa.
La influencia estadunidense
- ¿Es decir?
Desde su nacimiento, el islamismo político se enmarcó perfectamente bien en el plan del hegemonismo estadunidense. No cuestionaba el capitalismo, hoy no cuestiona el neoliberalismo. En su discurso no critica la globalización económica, sólo ataca la cultural. No analiza las contradicciones sociales ni pretende luchar contra ellas. Encierra a la gente en el comunitarismo, la sumisión y la pasividad.
- Usted quiere decir que Estados Unidos asistió complacido al surgimiento del islamismo político.
- No se limitó a eso. En cuanto percibió las primicias de ese islamismo, Estados Unidos entró en el juego y empezó a sacar provecho del asunto. Una vez más hay que volver a la historia. En 1955 se celebró la Conferencia de Bandung, un acontecimiento importantísimo que afirmaba la solidaridad antiimperialista de los pueblos de Asia y África. Eso provocó pánico en Washington. Tres años después se creó el Congreso Islámico Mundial.
- ¿Quién lo creó?
Arabia Saudita y Paquistán financiaron todo. Pero detrás de ellos se encontraba Estados Unidos. Cuando se enteró de eso, Nasser se enfureció. Todavía lo recuerdo gritando: ¿Qué es ese Congreso Islámico Mundial? ¿Quién lo necesita si ya tenemos la Conferencia de Bandung? ¡Es un golpe de los norteamericanos! Nasser no dijo es un golpe de los paquistaníes o de los sauditas. Dijo de los norteamericanos. Entendió de inmediato que Washington buscaba romper la unidad y la solidaridad asiático-africana...
- Por eso, al principio usted hablaba de la instrumentalización del islamismo por Estados Unidos 
- Por supuesto. Lleva 40 años en eso. Lo sé de sobra. Lo experimenté. Cada vez que nosotros, los adversarios del islamismo político, nos hemos lanzado en su contra, nos topamos con los occidentales, sobre todo con los estadunidenses. A lo largo de las últimas décadas, Occidente en general, y esencialmente Estados Unidos, han estado apoyando ese islamismo. Movilizaron millones de dólares para hacerlo. Gracias a la ayuda de Estados Unidos, de sus aliados de Arabia Saudita y de los Emiratos Árabes, el islamismo político pudo dotarse de escuelas y centros médicos y de ayuda a los más desfavorecidos, lo que le permiten contar ahora con una importante base social. ¿Quiere un ejemplo entre miles? ¿A su juicio quién recibe 90% de la ayuda que Washington otorga a Egipto? Pues las organizaciones islamitas de ese país...
- ¿Aun ahora?
Aun ahora.
Pero no pasa un día sin que las autoridades norteamericanas denuncien a esas organizaciones caritativas islámicas como peligrosos caldos de cultivo del terrorismo...
- Todo eso es mentira, hipocresía pura. En las últimas décadas Estados Unidos apoyó financieramente, ya sea directamente, ya sea mediante Arabia Saudita y los Emiratos, a miles de islamitas. Los protegió diplomática y políticamente. Los entrenó. Los organizó. Los formó para ser terroristas. Por supuesto, no para ser terroristas contra Estados Unidos, sino contra la izquierda de los países árabes y contra los regímenes moderados de estos países.
¿Cuál es el objetivo del terrorismo en Egipto? Debilitar al gobierno de Mubarak, del que disto de ser partidario, y obligarlo a arrodillarse más ante Estados Unidos e Israel. ¿Cuál es el objetivo del terrorismo en Argelia? Impedir la cristalización de una fuerza democrática que podría ser una auténtica alternativa a la dictadura corrompida de los generales del exFLN (Frente de Liberación Nacional). El principal apoyo que reciben los grupos islamitas armados argelinos viene de Estados Unidos.
¿Usted recuerda el primer atentado contra el World Trade Center en 1993? Entre los acusados se encontraban egipcios que habían logrado obtener su residencia en 48 horas ¡Un récord! Lograron escapar de los servicios de inteligencia estadunidenses y regresaron a Egipto. La policía los detuvo en el aeropuerto y los devolvió a Estados Unidos. Un poco más tarde, la prensa egipcia publicó la carta que había enviado el jefe de la policía a las autoridades estadunidenses. En sustancia, esa carta decía: 'Les devolvemos a sus agentes, que habíamos identificado como terroristas desde hace tiempo. Les pertenecen. A ustedes les toca juzgarlos'. ¡Más claro no canta un gallo!
Repito: desde la creación del Congreso Islámico Mundial, Estados Unidos no ha dejado de apoyar al islamismo político, ya sea abiertamente, ya sea a través de la CIA. Es un hecho comprobado. Allí está la historia de Osama Bin Laden. Es arquetípica. Washington no actuó de esa forma solamente en el marco de la Guerra Fría, como lo afirman quienes buscan minimizar la responsabilidad norteamericana en ese asunto.
- No se puede negar que hasta el derrumbe de la Unión Soviética esa dimensión de la Guerra Fría tuvo su importancia en la estrategia estadunidense.
- No lo niego, pero fue sólo una dimensión del problema. Al instrumentalizar el islamismo, Estados Unidos buscó contrarrestar cualquier movimiento de liberación nacional, pero también cualquier gobierno burgués liberal y, por supuesto, nacional populista. Hay que recalcar esa complicidad que existe desde hace décadas entre el imperialismo estadunidense y el islamismo político ultrarreaccionario.
Fines ocultos
- ¿Cómo explica entonces los atentados del 11 de septiembre?
Mientras no tengamos los documentos desclasificados de la CIA —¿los tendremos algún día?— es imposible explicarlos. Sólo podemos hacer hipótesis. Fíjese, en numerosos países árabes y de África se maneja, tanto en la clase política e intelectual como en la prensa seria, no la amarillista, una tesis que es absolutamente tabú en Occidente: la de un posible papel de la CIA o del Mossad (servicios de inteligencia israelí) en ese asunto ¡Cuidado! No se sugiere que uno de esos servicios secretos organizó los atentados, pero que quizá, de una forma u otra, estaba al tanto de que algo se preparaba, sin medir la naturaleza, la amplitud y las terribles consecuencias de ese algo, y que decidió no intervenir... Hay otra tesis, tabú también en Occidente, que alude a una posible complicidad estadunidense, ya sea en los servicios de inteligencia, ya sea en el aparato militar de Estados Unidos...
- Si menciona esas tesis es que no las descarta del todo, que no le parecen tan descabelladas...
- Me dejan pensativo. Estados Unidos tiene una estrategia hegemónica sistemática. Primero define metas geoestratégicas y después se las arregla para encontrar una situación que le permita echar a andar su proyecto. Recuerde lo que pasó justo antes de la Guerra del Golfo. Sadam Hussein habló con la embajadora de Estados Unidos y le dijo que ya no podía más con Kuwait, que le robaba su petróleo. Le anunció que se aprestaba a invadir militarmente a ese país. La embajadora le pidió 48 horas. Dos días después volvieron a hablar. La embajadora explicó a Hussein que ningún tratado de ayuda mutua ligaba a Estados Unidos y Kuwait. Hussein supuso que la embajadora había consultado con Washington e invadió Kuwait. Cayó en la trampa.
- Entonces usted no descarta alguna maquinación...
- Finalmente, ¿qué importancia tiene que descarte o no una u otra hipótesis? ¿Quién sabe quién está detrás de los atentados del 11 de septiembre? El hecho es que Estados Unidos tomó de inmediato esa oportunidad para lanzarse a la guerra de Asia Central.
- ¿Quiere decir de Afganistán?
- No. No me equivoqué. Es adrede que digo guerra de Asia Central. En los últimos 10 años, destacados expertos estadunidenses han publicado un sinnúmero de libros e informes para explicar que Estados Unidos debe tomar el control de la Asia Central exsoviética y del Cáucaso. Según algunos, resulta imperativo hacerlo para apoderarse del petróleo y del gas del Mar Caspio. Para otros, entre ellos muchos militares, implantarse en forma duradera en el corazón de Eurasia es clave porque permitirá a Estados Unidos atenazar a tres países importantes: Rusia, China e India. Los dos últimos, y quizá mañana Rusia, si logra salir del caos en el que se encuentra, tienen la capacidad de resistirse a la globalización transnacional que Washington pretende imponer en el planeta. Eso obstaculiza los planes estadunidenses.
Controlar el petróleo y el gas de Asia Central no es sólo rentable económicamente, puede resultar un arma de presión poderosa. China e India necesitan esos energéticos, dependen cada vez más de ellos. Si se muestran demasiado recalcitrantes o independientes, Washington cerrará las llaves del gas y del petróleo...
Al consolidar su implantación en la región, Estados Unidos podrá, además, sembrar cizaña entre China y Rusia o India y China, para evitar un eventual acercamiento estratégico entre esos países.
- Esa presencia estadunidense en Eurasia parece inquietar mucho a Irán...
Le sobran razones a Irán para angustiarse, porque se siente cercado. Una vez instalado en Asia Central, Estados Unidos podrá también acorralar aún más a Irak y presionar más a Siria y Egipto. Esa perspectiva llena de satisfacción a Israel.
El imperialismo colectivo
En su libro El hegemonismo de Estados Unidos y el desvanecimiento del proyecto europeo, publicado hace dos años en Francia y el año pasado en España, usted explica que, con la Guerra del Golfo, Estados Unidos inauguró una tercera fase de conquista imperialista del planeta...
La primera se dio en los siglos 17 y 18, con la conquista de América y la trata de negros. La segunda se desarrolló en el siglo 19, con la conquista de África y Asia. Después hubo una contraofensiva de los pueblos: independencia americana, revolución de los esclavos haitianos, grandes movimientos de liberación nacional en Asia y África... Ahora estamos entrando en la tercera fase, a la que defino como el imperialismo colectivo de la triada.
- ¿Estados Unidos, Europa y Japón?
Exactamente. Hoy va imponiendo su ley el capital transnacional y multinacional estadunidense, europeo y japonés, que a veces puede tener divergencias mercantiles, pero que comparte intereses comunes frente al Sur. Ese imperialismo de la triada necesita una punta de lanza para seguir imponiéndose: es el papel que asume el hegemonismo estadunidense. Sin la fuerza militar de Estados Unidos, el imperialismo de la triada no puede avanzar. Traté brevemente el asunto en el libro que usted menciona y es el tema central del que acabo de terminar.
- ¿Podría sintetizar su tesis?
El periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial (1945-1980) se caracterizó por la hegemonía de la izquierda. Eso se debió tanto a la doble derrota del fascismo y del viejo colonialismo como a la victoria de la Unión Soviética. Se crearon sistemas de regulación social: el welfare state en el mundo occidental, el sistema soviético y las distintas variantes nacional-populistas en el Sur. Ese capítulo de la historia ya se acabó. Las fuerzas que animaron esa etapa se erosionaron. Su ocaso creó las condiciones para una ofensiva de la derecha. El momento histórico que vivimos hoy es el del hegemonismo de la derecha, una derecha brutal que moviliza todos los medios políticos y militares a su alcance para imponer un nuevo orden económico y social.
Samir Amin reflexiona unos segundos.
Ciertamente, eso no es nuevo. Ya se dieron casos similares en la historia. Los últimos en intentar imponer con la fuerza sus proyectos de 'nuevo orden' fueron la Alemania de Hitler y el Japón imperial. Se toparon con la resistencia de los pueblos y con otros imperialismos que aspiraban a la hegemonía. Después de la Segunda Guerra Mundial, la existencia misma de la URSS obligó a Estados Unidos a limitar sus ambiciones. Lo que resulta nuevo y sumamente peligroso hoy es que Estados Unidos, que domina la triada, considera que ya no debe rendir cuentas a nadie.
De una pila de libros saca "El choque de las civilizaciones", de Samuel Huntington. Es un libro muy revelador, dice mientras lo hojea.
La tesis de este hombre, que no es un universitario independiente, sino un funcionario al servicio del stablishment estadunidense, me recuerda "Mi lucha", de Hitler...
- ¿Lo oí bien?
Sí. Me oyó bien. Recurrir al racismo es ahora el medio que el bloque de la triada imperialista decidió usar para consolidarse: los civilizados están amenazados por los bárbaros (todos los pueblos de Asia y África, y quizá potencialmente los rusos). En ese sentido, la temática de El choque de las civilizaciones me hace pensar en Mi lucha. En ambos casos se acude a la misma lógica trivial: los pueblos superiores (ayer los nazis, hoy los estadunidenses y los europeos) tienen el derecho de someter a los pueblos salvajes a su dictadura. Los pueblos superiores sólo pueden seguir gozando sus modos de vida privando a los demás de cualquier esperanza de compartir sus ventajas. Es la lógica simple de un racismo fundamental que se expresa con toda la vulgaridad de la que son capaces Bush o Silvio Berlusconi. Mi lucha también fue un libro trivial y vulgar. De allí sacó gran parte de su fuerza.
- Es una comparación violenta.
No es mi comparación la que es violenta, sino el contenido de ese libro y la ideología republicana estadunidense, compartida o tolerada por los europeos, que son violentos. Para lograr su cometido, los dirigentes del bloque occidental piensan que no basta ese llamado descarado al racismo. Consideran, además, que es urgente amordazar los movimientos sociales y políticos de resistencia que se van consolidando en el seno mismo del Occidente civilizado. La lucha contra el terrorismo les dio un pretexto de oro para hacerlo. Ya se asiste al renacimiento del macartismo en Estados Unidos. Y en Europa las medidas muy antidemocráticas tomadas contra el terrorismo pronto van a revertirse contra la oposición al modelo neoliberal. Se empieza a satanizar a la corriente antiglobalización. Se hacen amalgamas perversas entre la violencia de los enfrentamientos entre manifestantes antiglobalización y policías y los operativos terroristas... Berlusconi es un experto en ese campo. Pero no es el único.
Me imagino que el tema será ampliamente debatido en el Segundo Foro Social Mundial, que empezará a finales de enero en Porto Alegre.
Por supuesto. La estrategia de construcción de un frente internacional de los pueblos contra el proyecto de la triada y el hegemonismo norteamericano exige que el combate sea sistemático, a la vez contra el liberalismo económico y contra la guerra. Para nosotros resulta evidente que la globalización neoliberal y la militarización de esa forma de globalización se han vuelto inseparables.
No se puede luchar solamente contra una u otra dimensión del liberalismo económico en los centros del sistema (Estados Unidos o Europa) y pasar por alto las intervenciones militares en las periferias. Esas intervenciones no responden a una lógica independiente; por el contrario, son parte integrante del despliegue de la economía liberal.

CHISPA –R